La Zarina
Su pueblo, un lugar fresco, apacible,
ubicado en la parte más alta de Carabobo, un clima fresco, rodeado de montañas, riachuelos, abundante
vegetación, naranjas, mangos. Sus habitantes se sienten tan orgullosos de su
tierra que la llaman
El taller del pintor rodeado de óleos,
acuarelas, pinceles, lienzos, caballetes, cuadros recién hechos y en proceso.
Julián y su taller, un icono de su pueblo. Los turistas que visitan al pueblo
quedan asombrados al presenciar en medio de aquella selva virgen, un espacio
dedicado al arte, a la vida, a la felicidad. Los visitantes al ver al pintor no
olvidan retratarse junto a él como un recuerdo de su visita al lugar más
cercano del cielo: la luna.
Julián esbozaba un dibujo cuando es
interrumpido por una señora desgastada por los años, portaba largos collares,
tenía un peinado inmóvil y bien petrificado, similar a una cebolla y le
pregunta:
-
Hola
Sr. Me llamo Catalina, así como Catalina la grande, mi madre la admiraba. Ando
de visita por estas tierras disfrutando de sus paisajes y deseo que Ud. me
venda ese cuadro que está empezando a plasmar.
El pintor se quedó observando el
peinado que ostentaba Catalina y una peca color marrón muy cercana a la oreja,
pensaba:
-
Ojalá
sea solo el nombre y no tenga esos curiosos deseos de “la Zarina ” porque por estos
parajes hay muchos y, bien salvajes.
Catalina lo miró a los ojos como
esperando una respuesta y Julián salió de su ensimismamiento. Esbozó una
sonrisa y le dijo:
-
Un
placer. Me llamo Julián. Solo pintaba para mí. Pero si Ud. desea ese cuadro se
lo venderé.
-
¡Genial! Respondió Catalina
Sacó un pedazo de papel, le pidió
prestado el lápiz al pintor, anotó su dirección, se la entregó a Julián y le
dijo:
-
Aquí
le dejo “mi tarjeta” para que vaya a llevármelo cuando lo tenga listo. –y se
despidió.
El pintor guardó “la tarjeta” junto a
la botella de Cocuy de penca traído de Carora y se dijo a si mismo.
-
Tranquilo
mi compadre. Con la venta de este cuadro tendrás muchos compañeros.
Días y noches enteras en su taller,
Julián anhelaba tener lista su obra para llevarla a Valencia. Bolívar adquiría
una brillantez inigualable. El pintor estaba contento con los resultados que
estaba logrando. Mientras tomaba un trago de Cocuy le decía a familiares y
amigos:
-
Con
esa mirada, mi gran amigo Simón es capaz de hacer temblar a cualquier imperio.
Si no me creen pregúntenle al tal Napoleón.
Estos al observar los ojos brillantes
y la sonrisa de Julián armaban un gran alboroto y juntos cantaban al unísono:
¿De donde es y a donde va?
De la luna muy cerca del cielo,
A las estrellas irá.
Con tanto Cocuy de penca,
El cerebro le va a estallar,
Te has vuelto loco, Julián
Una vez la obra quedó concluida,
Julián agarró el cuadro y su cantimplora. Se dirigió al Terminal de pasajeros y
viajó a Valencia. Al llegar a aquella gran ciudad el pintor al ver aquellas
enormes fábricas se le cortaba la respiración porque su olor no era similar al
de su tierra y mucho menos se comparaba con el inmenso bullicio emanado de las
calles valencianas. De esa extraña región decía que solo sería una gran ciudad
cuando desaparecieran sus fábricas y avenidas porque ellas eran las causantes
del progreso para destruir plantas y animales.
Sumergido en las calles de aquella
ciudad tan distante de su hábitat, de su cotidianidad, de su felicidad, buscó
afanosamente la dirección que le había dejado “La Zarina ” como él la llamaba.
Pasaban las horas y no encontraba la mansión que se había idealizado. Esto
porque imaginaba que los atuendos de Catalina iban en consonancia con la
majestuosidad de su casa y por supuesto
bien rodeado de sirvientes muy al estilo real. En esencia, un palacio digno de
Catalina “La Zarina ”
Al pasar por el frente de una taguara
decide hacer una parada y completar su ya desgastada cantimplora. Mientras
conversa con el mesonero le pregunta cómo llegar a aquella dirección que le
había dado la Sra.
que le compraría su cuadro. Éste muy servicial le dijo que siguiera caminando
ocho cuadras mas y en el ultimo ranchito vivía Catalina “La Zarina ”. Julián tomó en
broma que el mesonero le dijera “ranchito” a la gran mansión de aquella Sra.
muy encopetada que lo visitó en su taller.
A medida que iba avanzando el camino
era de tierra, toneles de basura desperdigados por el camino, observaba perros
flacos y amarillentos, y pensó:
-
Yo
como que mejor me regreso porque este carajo de la taguara me echo una vaina.
Catalina no vive aquí.
Se sentó a la orilla del camino,
colocó el cuadro a un lado y tomó un trago de su cantimplora. Estaba tan
cansado que se quedó dormido. Pasadas más de dos horas vio que estaba
oscureciendo y siguió caminando rumbo a la casa de Catalina para convencerse de
que aquel mesonero de la taguara le había mentido.
Un enorme perro hocico oscuro y largo
husmeaba cada parte de él y al no reconocer su olor empezó a ladrarle. Julián
nervioso salió corriendo en busca de un lugar seguro que lo alejara de aquel
enorme animal. A lo lejos se escucharon unos gritos:
-
¡Nerón!
¡Nerón!
El pintor al sentir que ya no era
perseguido levantó las manos como señal de agradecimiento a aquella altiva voz
que llamó a aquel sabueso ofendido por recorrer un camino sin su autorización y
consentimiento. Julián siguió caminando despacio por tres razones: pasar el
susto, recuperar energías y llevar su cuadro a aquel “ranchito” donde habitaba
Catalina
Al llegar a aquella casa con paredes
de madera, techos de lata y un enorme cartel que decía: - No pase, perro Bravo-
llamó a Catalina. Esta al escucharlo y ver que en sus manos traía un cuadro
recordó que hace un mes había mandado a realizar una obra con un pintor de
aquel pueblo tan pintoresco cercano al cielo. Al acercarse al Sr. que la
llamaba pensaba:
-
No
creo que se vaya a acordar de mí. Aquella vez yo andaba con muchos atuendos y
un gran peinado. Me haré la que no lo conozco. Total, tampoco tengo dinero.
Catalina al verlo le preguntó:
- ¿Qué
desea Sr.?
- Vengo a traerle
el cuadro que me encargó. Dijo el pintor mientras sonreía.
- Yo no he
pedido ningún cuadro. Respondió Catalina
- ¡Claro
que sí! Ud misma se acercó a mi taller allá en la luna y me encargó ésta obra.
Al gran Bolívar con su mirada libertaria. –Replico Julián apuntando a la luna.
- ¡Pues se
ha equivocado! Ud se ha vuelto loco. ¡Vaya a comer jabón! - Gritó “La Zarina ”
Los ojos de Julián eran más grandes de
lo habitual, no creía lo que estaba escuchando. Aún pensaba que el mesonero lo
había engañado y que la Sra.
que gritaba airada estaba delirando.
Con aquella mirada atenta que gozan
los pintores y esa capacidad casi sobrenatural de ver los detalles, a medida
que Catalina se acercaba mas y mas a descargar su ira, observó aquella peca
color marrón como señal inequívoca de que era ella “La Zarina ” sin trono, sin
peinado, sin palacios, sin nada que ostentar, salvo su “ranchito” como lo llamó
el mesonero de la taguara.
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