Charlie


Se sentó en un rincón del club, con su saxofón. Lo miró con cariño, como si fuera un amigo, un compañero, un amante.


- Gracias, viejo -le dijo-. Sin ti, no sería nadie. Eres mi voz, mi alma, mi todo.


El saxofón pareció responderle con un leve sonido, como un suspiro, una caricia, un beso.


- No me agradezcas, Charlie -le dijo-. Tú eres el que me hace sonar así. Tú eres el que me da vida, me da sentido, me da amor.


Charlie sonrió, lo ajustó y se acercó el saxofón a sus labios. Lo besó suavemente, como si fuera el gesto más natural del mundo.


- Te quiero, viejo -le dijo-. Eres lo único que me importa. Eres lo único que me hace feliz.


El saxofón volvió a sonar, esta vez con más fuerza, más pasión, más emoción.


- Yo también te quiero, Charlie -le dijo-. Eres lo único que me entiende. Eres lo único que me hace sentir.


Charlie y su saxofón se abrazaron, se fundieron, se fusionaron. Se convirtieron en uno solo, en un sonido, en un jazz.

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