El Flautista
Las fiestas patronales de aquel inmenso
llano llegaron con las flores del mes de mayo. Todos esperaban con ansiedad el
gran y único evento del año de aquel lejano pueblo. Sí, la única fiesta, porque
esa inmensa masa de hombres, mujeres y niños que viven por esos terraplenes
solo se divierten cuando el patrono junto al cura del pueblo organiza una gran
fiesta. Bueno, eso es lo que siempre dice el capataz. Claro, él lo dice para
que el patrón lo escuche. Se cree el dueño de todos estos parajes porque su
ración de comida tiene una torta de casabe adicional a la que nosotros
recibimos. Ese día, el gran Flautista Eusebio Rodríguez daría un recital junto
a su orquesta de músicos, para conmemorar las festividades de su pueblo y la
verdad, todos queríamos escucharlo.
El caserío donde vivía el flautista estaba a
más de 30 Km del pueblo y durante toda la mañana estuvo ensayando junto a sus
amigos, las piezas que tocaría en el evento. Durante el ensayo habían acordado
encontrarse en el camino ya que vivían en puntos diferentes. Eso contó el
contrabajista cuando fue llamado a declarar ante la policía. Al finalizar la
tarde, Eusebio agarró sus partituras y su flauta para ir a celebrar la fiesta
organizada por el dueño de todo ese inmenso llano.
Yo andaba entre los matorrales y vi cuando
el Eusebio iba camino a la fiesta. El escuchaba el canto de los pájaros y
empezó a silbar junto a ellos, tratando de imitarlos. Mientras disfrutaba del
paisaje escuchó el sonido del agua cuando choca las piedras. Una sonrisa se
dibujó en su rostro y se fue corriendo a bañarse en las aguas que brotaban de
ese manantial. Al llegar al río se quitó la ropa y dejó en la orilla las
partituras junto a su flauta. Cuando
disfrutaba de las frías aguas observó los encantos de una hermosa mujer que
estaba al otro lado del río y se fue tras ella. Quizás con ganas de entablar
una buena conversación. Mientras iba en camino buscando a la preciosa mujer,
unos jóvenes pasaron por la orilla del río y al ver que aparentemente la ropa,
las partituras y la flauta no tenían dueño se llevaron las pertenencias de
Eusebio.
El flautista siguió tras la hermosa mujer
pero a medida que más avanzaba ella mas se alejaba y al recordar que estaba muy
lejos de sus pertenencias decidió regresar a buscarlas. Al llegar al sitio
donde las había dejado observa que no están. Desconcertado se llevó las manos a
la cabeza y una lágrima rodaba en su mejilla. Gritó a las piedras, a los
árboles a los pájaros y éstos no le respondían. Quizás pensaba en el concierto,
en los aplausos que no recibiría. Desesperado se lanzó al agua como buscando
entender lo que le estaba pasando. Luego salió de las frías aguas y empezó a
correr como tratando de seguir los pasos de ese grupo de jóvenes que le habían
robado su flauta.
Mientras estaba corriendo decidió acercarse
al caserío más cercano con el objetivo de pedir prestado algunas prendas de
vestir para continuar buscando a los que se llevaron sus pertenencias. Durante su carrera escuchó unas voces y vio
que estaban muy contentos festejando a la orilla del río. Eusebio pensó que
probablemente ellos eran los que tenían sus objetos mas preciados. Al acercarse
observó que esos jóvenes tenían su flauta junto a las partituras y rápidamente
agarró a uno de ellos por el cuello e inician un forcejeo. Uno de los jóvenes
al ver que su compañero estaba riesgo toma un cuchillo y logra herir al
flautista. Los jóvenes al ver que Eusebio ya casi estaba quedando sin signos
vitales deciden lanzarlo al río y huyen despavoridos. Los compañeros de la orquesta que
acompañarían al famoso flautista, al ver que Eusebio no llegaba al punto que
habían acordado encontrarse deciden ir a buscarlo por todo el camino. Estos
encuentran unas partituras y rápidamente identifican que son de Eusebio. Al
tomar las hojas dispersas por todo el camino ven unas gotas de sangre sobre las
partituras y huyeron horrorizados a esconderse en aquella selva espesa.
Eusebio nado hasta la orilla e intentó
buscar entre los matorrales algo que le sirviera para sanar su herida. Intentó
con ramas y hojas y aún se desangraba. Pensaba en su madre, en sus hijos, en
sus amigos músicos que lo acompañarían en aquel gran evento. Como pudo se
levantó y emprendió su camino al concierto. Los jóvenes que lo hirieron
permanecían escondidos a la orilla del camino cuando escucharon unos quejidos.
Estos al ver que era el flautista se acercaron a él, lo amarraron de un árbol y
se fueron rápidamente.
Al amanecer, bajo aquel inmenso árbol yacía
un cuerpo, una flauta y unas hojas con una gran mancha de sangre.

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