La Huida

Un joven sin camisa estaba sentado en una acera. En ése instante hombres, mujeres y niños pasaban por el único camino que conduce al refugio. Las ambulancias pasaban y se alejaban velozmente. Mientras eso sucedía el joven permanecía inmóvil. El cansancio no lo permitía avanzar más.
Mi objetivo consistía en ir a comprobar si todos los habitantes del pueblo habían sido desalojados. Una vez finalice mí tarea evidencié que ya poca quedaba por irse pero el joven aún permanecía en el mismo sitio. Me paré frente a él, me saludó sin mirarme y le pregunté:
- ¿El resto de tu familia logró salir?
- Sí, ellos se fueron hace una semana. Cuando empezó todo esto me dijeron que debíamos huir pero yo no quise. Aquí lo tengo todo. Es doloroso dejar toda mi obra allí.
- Sí, entiendo. Le respondí.
- Ésos ruidos ensordecedores tocaron mi sensibilidad y empecé a pintar las ruinas, los llantos, los niños huyendo. Dijo el joven.
Su aspecto era de un apasionado a su trabajo y con una gran nostalgia. Entonces le pregunté:
- ¿Y logró terminar el cuadro?
- No. Tuve que dejarlo en el caballete. Respondió. -Una lágrima se deslizó en su mejilla.
- En la ciudad estaremos a salvo. Allá podrá continuar su obra. Contesté.
¿Ud. cree que serían capaces de destruir todo? Preguntó el joven.
- El ser humano es impredecible. El potencial autodestructivo no tiene límites. Respondí
- Era mejor conversar. Yo se lo dije a mi madre y hermanos. No me dejen solo. No creo que todo esto pase a cosas mayores. Aún sabiendo de que ya existían evidencias del carácter violento de esos grupos yo creo en los seres humanos. Claro, yo los entiendo. Mi padre es una muestra del porqué huyen.
- ¿Tu padre? ¿El los abandonó? Pregunté.
- Sí. Pero lo hizo por nosotros. Un día vinieron sus amigos y se fue junto a ellos. Recuerdo claramente cuando se despidió de nosotros. Llevábamos varios días sin comer dado que las plantaciones habían sido destruidas y al salir nos dijo que lo hacía por todos los niños del mundo, por un futuro mejor. A los meses nos llegó la noticia de que su campamento fue destrozado por una bomba del enemigo. -Se tapó la cara con sus manos y empezó a sollozar-
- ¿Y de qué bando era? Pregunté
- No lo sé. Él nos amaba mucho. Su mirada y su sonrisa bastaban.
Mientras conversaba con el joven escuché algunas detonaciones y le dije:
- Es momento de que avancemos. Al final del camino nos esperan.
- ¿Tú crees que destruyan el cuadro? Me preguntó.
- Si cerraste bien tu taller no creo. Contesté.
- Me da miedo que lo destruyan. Debí traerlo. Dijo para si mismo.
Era un día gris y nublado. Las detonaciones se escuchaban más cercanas y mientras huían por ése largo camino llegó una bomba enemiga y estalló.

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