Sombrero Oscuro



Muchos pensarán que mis trucos son los mismos, de hecho, tienen razón. Es que sacar flores y conejos es todo lo que hacemos los magos. Es lo único que aprendemos. Sin embargo, con eso nos ganamos la vida. No he aprendido otras cosas. Desde muy niño cuando aquel circo paseaba por mi caserío miraba con asombro sus trucos, de verdad quedé maravillado ya que desde ese día me dije que aprendería ese oficio y puedo decir con orgullo que lo he logrado. Desde ese momento entendí que la imaginación es ilimitada solo debemos darle rienda suelta para mostrar nuestra obra al público más maravilloso que existe: los niños. Ellos siempre observan con atención, algunos pensarán que los niños son inocentes y están tranquilos durante toda la obra. Pero lamento decir que no son ni lo uno ni lo otro. Puesto que su capacidad de observar tras bastidores les permite descubrir la gran mentira de nuestros trucos y su nivel humano es tan alto que ellos nos hacen creer que los convencimos con nuestra magia para que los magos podamos soportar la humillación de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Por eso chillan, patalean y dan brincos para que sus padres los lleven a ver nuestro trabajo. Esa gran motivación me ha hecho llevar por más de 20 años este humilde oficio y mientras vea niños en el público, seguiré haciendo magia junto a mis compañeros del circo.

De mi sombrero siempre han salido: flores, gatos, conejos y pañuelos, es decir, lo de siempre. Todos los niños y adultos salen de la función maravillados. Tienen la misma cara de asombro cuando ven en televisión aviones lanzando fuegos artificiales sobre ciudades. Los adultos no cuestionan nada, solo son simples espectadores y los niños camino a casa con eso que los adultos creemos que es inocencia y felicidad, les cuentan a sus padres como los magos hacemos nuestros trucos.

Ese día los niños en su euforia me pedían más trucos y nuevas sorpresas. Ya mi repertorio mágico lo había agotado en ésa función. Conmovido por la manera en que los niños me observaban y por lo que había visto en televisión la noche anterior me acerqué a mi sombrero prodigioso y le dije:

-          Ayer la televisión mostraba de manera morbosa a muchos niños rebuscando en la basura algo de comer. Tú como eres admirable, maravillosa y grandiosa. Con estas palabras le daremos de comer a todos esos niños que hoy no tienen como llenar sus estómagos con todos los nutrientes que necesita su cuerpecito para desarrollar todas sus habilidades. ¡Patatín! ¡Patatan! ¡Pan para todos, dije ya!

La euforia me embargaba y continué enloqueciendo al pedirle al sombrero que acabara con las guerras en la que han muerto muchos niños. La felicidad se apoderaba de mí y seguí pidiéndole a mi sombrero que solucionara todos los problemas sociales. Todo lo que imaginaba lo gritaba a todo pulmón en el circo y los chiquillos repetían conmigo felizmente. Me deje llevar por el éxtasis de la emoción, sentía que todos los habitantes de todos los rincones del mundo se dedicaban a pintar, cantar, sonreír, en fin, a vivir. No quería abrir mis ojos. El paraíso del que tanto hablan estaba allí fijado en mi mente y mis esperanzas centradas en mi sombrero. Hasta que escuché una voz gruesa y lúgubre decir como un lamento:

-          No sale de ese sombrero.

Al escuchar esas palabras, solo pensé que esa persona lo dijo solo para entorpecer mi acto de magia. Continué delirando junto a los niños, pidiéndole a mi sombrero prodigioso  que todos los moradores de la tierra no ensucien el mar, no arranquen la flor y no utilicen  el cañón. Luego abrí mis ojos y observé que aquel sombrero grandioso seguía vacío. Al enfrentar esa realidad, mi corazón se encogió, mis lágrimas empezaron a caer una a una y me dije:

-          Nada se puede hacer con un sombrero vacío y de paso oscuro.




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